El olivo es la esencia de la identidad mediterránea. No sólo porque constituye una base oleica de todas las cocinas mediterráneas prácticamente sin excepción, desde el Mar Negro hasta las columnas de Hércules, sino porque configura paisajes, idiosincrasias y tradiciones milenarias a ambas orillas del Mare Nostrum.

Es cultivado en tierras de Canaan, Siria, Líbano y Mesopotamia desde hace 5000 años y es llevado a Italia, Francia y norte de la península ibérica por los griegos, los cuales también lo cultivan en Crimea.
Los fenicios lo introducen en el norte de Africa, Córcega, Cerdeña y Andalucía. Es usado como aceite para ceremonias religiosas por hebreos y fenicios. Los egipcios lo cultivan desde el 2000 AC.
Lo usaron con fines cosméticos y según su tradición su diosa Isis les enseñó a cultivarlo.

Según la tradición Atenea y Poseidón quisieron proteger a la ciudad de Atenas, mediante la ofrenda de un retoño de olivo. Durante las competiciones olímpicas los griegos se ungían con aceite de oliva mezclado con ceniza.

Bajo Roma se cultiva ampliamente en la Bética (Andalucía y sur de Portugal), Tripolitania (Norte de Africa), Provenza (Francia), desde donde es exportado a la capital imperial y a otros confines del Imperio. En la colina artificial de los tiestos (“Testaccio”) en Roma, se acumulan toneladas de miles de ánforas de aceite de oliva traído de las provincias.

El olivar configura paisajes y es base de tradiciones hasta la actualidad, en Grecia, España, Francia, Italia, Portugal, Turquía, Túnez, Marruecos y en los Balcanes.

Hoy se produce y consume ampliamente en todos los países ribereños y se extiende su consumo y producción al resto del mundo (ej. América Latina, China, India y EEUU) siendo España el primer productor mundial.

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