Durante los siglos X y XII se propagó, en la Europa Occidental, un movimiento religioso conocido como Catarismo. Este movimiento destacó por creer en una dualidad creadora (Dios y Satanás).

Por una parte, su creencia en la negación del mundo material y por su consiguiente abstinencia. Creían que el Diablo pretendía dominar la parte física de la persona, así que no se temía a la muerte, ya que para ellos significaba deshacerse de esta parte maligna. Esta parte simbolizaba el mal.

Por otro lado, estaba la parte espiritual de la persona que, en este caso, simbolizaba el bien.

Las creencias del Catarismo chocaban radicalmente con las de la Iglesia Católica, y esto desencadenó la famosa Cruzada Cátara o, también conocida como, Cruzada Albigense.

Fue después de esta cruzada cuando la Iglesia Católica decidió construir La Catedral de Santa Cecilia, a modo de fortaleza y para mostrar todo su poderío.

Estamos hablando del edificio más grande del mundo construido con ladrillos.

En su exterior, podemos apreciar fácilmente un majestuoso campanario de 78 metros de altura.

En su interior destacan un magnífico órgano, estatuas, arcos de madera y pinturas como la de El Juicio Final.

Declarada Patrimonio de la Humanidad en el año 2010 y pudiendo, en verano, asistir a auténticos conciertos místicos, hace que reúna todos los ingredientes para no dejar a nadie indiferente. Además, por toda su historia y tradición, no es de extrañar que sea catalogada como un museo de arte cristiano.

Pensando en este suceso me viene a la mente una de las frases del gran filósofo Alemán Arthur Schopenhauer, con la que os invito a reflexionar: Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de la oscuridad para brillar.

Claudia
Canary Islands

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