De pequeño siempre me ha fascinado la mitología griega. No sé si debido a sus grandes batallas, a sus dioses y héroes o simplemente por su particular película de Hércules.

Era Sábado por la mañana y me encontraba en la estación de tren de Palermo. Era pronto y todavía tenía esa sensación de necesitar un café. O dos. Llevaba unos 15 minutos esperando cuando llegó el tren. Resultó fácil encontrar un asiento libre, ya que no había mucha gente.

Me esperaban más de 2 horas de viaje. Así que abrí mi mochila y saqué el libro que me había comprado justo hacía un par de días. El Gran Libro de la Mitología Griega, de Robin Hard. El monótono ruido del tren, el silencio que, mayoritariamente, predominaba y los rayos de sol que, a través de una de las ventanas, iluminaban parte de las hojas de manera intermitente, me proporcionaban una agradable sensación de tranquilidad.

El tren, poco a poco, iba llenándose y eso significaba que cada vez estaba más cerca de mi destino: Agrigento. Siempre me había llamado la atención visitar el Valle de Los Templos.

Una vez allí, la nostalgia se apoderó de mí. Mi mente viajó años y años atrás. Poder ver esos templos, murallas, en definitiva, todos esos restos arqueológicos, y rodeados, además, de un elemento mitológico como es el olivo, me proporcionaban instantes mágicos.

De repente, me di cuenta porque me gustaba tanto la mitología griega desde pequeño. Y es que lo que más envidian los dioses de nosotros es nuestra mortalidad. Nos envidian porque cada momento que vivimos es único. Cada instante podría ser el último. Por eso, depende de nosotros saber valorar cada detalle, cada experiencia, cada aventura…

Igal A.
Chile

 

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